Tan poco sé de ti
aunque sé que me escuchas,
desde la hoja que tiembla
entreabriendo su alma
a los dedos del viento;
desde el rayo de sol
que penetra mis labios
y conecta mi sangre
al hilo omnipresente
de tu sangre
en el aire;
desde el azul del cielo
que destila insistente
tu inmanencia redonda
bajo la tibia bóveda
de la tarde
y la hora.
Aquí junto a mí estás,
hermano,
íntimo desconocido
al borde de mi llanto
fundido con la brisa.
Aquí, que me comprendes;
lo llora conmovida
la elocuente confidencia
del agua con la piedra,
amiga susurrante que se abraza a mi amargura,
voz ancestral que se enreda con mi pena
y enciende por los árboles
miradas de consuelo
y manos de caricias.
No, eres tú con certeza;
tu voz que se entreteje
con el vuelo del pájaro,
que revive en el frío
soplo sobre mi nuca.
Me lo dices, amigo...
desde tu casa de aire,
sol y melancolía.
Desde este atardecer
del mundo
y esta eternidad de ahora.
Conmigo estás,
cruzando mis entrañas
con este vago aroma
de laurel y de mirto...
que me respiras
desde tu solidaridad
sigilosa, inminente,
transparente, amorosa,
dulce desconocido,
presente compañero
que insistes con tus besos
de camarada fiel,
ardorosa
y tiernamente,
infaliblemente...
Vivo.
(Junto a la estatua
de Rainer Maria Rilke
que mira al atardecer...
en Ronda)
No hay comentarios:
Publicar un comentario